FUGA Y DERRUMBE
Doy
hueco oscuro
al
amor que me hostigaba,
la
sombra negra
ya
no repta tras mis pasos.
En
mis pulmones,
el
alivio del suspiro
guerreando
con mis ojos insistentes,
recordatorio
febril de todos tus detalles.
Me
daña el aire
al
aprender a respirarle.
Tu
fragancia
me
confirió presa de la carne.
Ahora
añoro las huellas de tus dedos;
caminantes
proclives de mi sima,
deudores
del placer que yo ofrecía,
estambres
de azahar en las mañanas.
Invoco
a un nuevo satanás
que
me eleve hasta los cielos.
Proclamo
a esta ruina,
reina
de rabias y amarguras.
Solo
el procaz destello que inventan las luciérnagas,
Por
un momento sol
En
el jardín donde pasean mis dudas preferidas
salvaguardan
a mi cuerpo de ser codiciado
por
la inquina del murmullo ajeno.
Presiento
un ángel
volando
en mi venganza.
La
noche
viene
a contemplarme,
tenebrosa
vigía de mis culpas.
Mi
oscura madre me brinda su regazo
y
admito someterme a su negra disciplina.
En
su vigilia muero
inmersa
en la opacidad de algún instante;
pues
débil por amor
soy
ahora mansa.
Recurro
a otra boca,
asesina
de mi vergonzoso llanto.
Me
duelen los lugares que habitaste,
fingiendo
en sus rincones
que
me amabas.
Ahora
duermo apoyada en el corazón de Nadie;
elocuente
contestador de mis soliloquios,
amigo
íntimo de mis secretas vanidades.
Visualizo
a otro mortal dios
descendiendo
hasta mi infierno.
Tu
esencia,
tormenta
en las mañanas de mi mente,
quién
incapaz de espantar a tus promesas,
inventa
un calambur
con
tu perenne nombre.
No
cesa el viento de empujar
a
las campanas cuando tañen.
Cansada
de andar entre tus pautas,
al
abrigo de tus férreas enseñanzas arrogantes,
acudo
ilusa a orar al dios de la elocuencia
con
dádivas de frases en mis manos,
con
ofrendas de sílabas de amor,
que
alumbren de sentido mi vital poema.
La
tarde viene a contemplarme
y
absorta,
me
llora en mi ventana.
Todo
se torna apenas importante,
la
vida huele a niebla de noviembre.
Un
camposanto se ha instalado en el paisaje de mi alma,
y
los días
ocultos
en sus tumbas,
son
el fruto de esta cosecha del presente.
Hojas
caen del árbol de la nada
muertas
por dos veces.
Sobras
quedan del hombre sostenido,
por
mi andamiada de palabras
pronunciadas
tras espejismos de macabro éxtasis;
que
jugó con las miserias de mi mente,
que
degolló al pájaro cantor de un solo golpe,
que
olvidó a la niña sentada en algún parque.
Las
fuentes del placer se han secado,
tu
sequía las protege.
Conservo
el recuerdo de tu brazo,
cuyo
ángulo convexo
fue
anclaje férreo de mi cuerpo
y
asidero en días inestables;
aún
huelo el frío que encerrabas en tus palmas,
mi
abrigo gigantesco,
sosiego
cálido en mis miedos infundados.
La
memoria,
enemiga
atroz,
me
tortura con tu sombra y tu recuerdo.
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